El impulso de los programas y facultades de comunicación social que han puesto en circulación postgrados en el área, ha sido importante para la formación de los nuevos profesionales tanto en Colombia como en América Latina. No obstante, puede afirmarse con cierto atrevimiento que este escenario aún está en pañales en el país, de ahí que sea necesario profundizar su estudio, revisar todas sus aristas y mirar con más cercanía las múltiples realidades organizacionales para encontrar la verdadera dimensión de esta disciplina, aún nueva entre nosotros.
Este breve artículo propone una ubicación un tanto más lejana de la tecnocracia en la cual ha caído la reflexión, no sólo de la comunicación, sino de todas las disciplinas, haciendo de la sociedad un lugar que se construye a partir de ideales materialistas configurados por los imaginarios de la sociedad de consumo, totalmente alejado de la condición humana y de las reflexiones sobre el sentido de los que somos.
Organizaciones, cultura y significados
Para comenzar, una definición que puede aportar, dentro de muchas, considera a las organizaciones como “un sistema de actividades conscientemente coordinadas formado por dos o más personas (…) donde la cooperación entre ellas es esencial para su existencia (…) y ésta existe cuando hay personas capaces de comunicarse y que estén dispuestas a actuar conjuntamente para obtener un objetivo común” (Carrasco, López, Noguera; 2006). Esta consideración nos hace suponer que las organizaciones no son estáticas, y por lo tanto, su dinámica no es lineal, sino extremadamente variable y cambiante, lo cual hace necesario asumir que es el ser humano quien en últimas determina el éxito o el fracaso de ellas, y no tanto su capacidad técnica y tecnológica. Al ser la persona el eje central de este proceso, cobra vital importancia comprender las formas en que se da la interacción social, el intercambio de sentidos, las prácticas asociadas al desempeño y la construcción de significados que se genera a partir del consumo de los elementos que constituyen la cultura organizacional (Daniel, Spiker, Papa; 2001).
Las organizaciones, como grupos sociales, responden a dinámicas multiculturales que se ven reflejadas en la manera como cada persona se apropia de su entorno, de su filosofía y de su cultura misma. Cada quien tiene una forma particular de ser, de ver y de actuar, que están mediadas por el contexto y sus experiencias culturales, incluyendo su formación académica, y por supuesto, el nivel de consumo cultural. El contacto con este universo simbólico que dinamizan los medios de comunicación y sus múltiples mediaciones, incide en la manera como cada uno de nosotros se enfrenta y comprende el mundo. Así mismo ocurre en las organizaciones. En ellas, la influencia de la cultura y la diversidad de los sujetos que las habitan, traen consigo la construcción, existencia y reproducción de múltiples significados sobre los asuntos llamados estratégicos -principios, políticas, procedimientos, instrucciones, etc.- que la alta dirección, el gobierno de la organización, espera sean asimilados de manera precisa y casi perfecta, para alcanzar efectivamente los objetivos y las metas. Por tanto, aquello que se registra y establece en la planeación estratégica, o se prioriza en el mapa estratégico del balanced scorecard, termina siendo letra muerta si no es interiorizado por las personas que integran la organización y la hacen viable.
Caer en la trampa de la estrategia corporativa y en la ortodoxia de su diseño y registro documental, tiende a hacernos perder de vista que cada quien tiene una manera de asumir su rol en la organización, comprenderla y visualizar y compartir la meta. Es decir, planear desde arriba, ese lugar que en la pirámide de jerarquías se llama nivel corporativo, es inútil en la medida que se desconozca la necesidad de comunicar bien todo lo que se establece. Esto es, no se trata de publicar la misión, la visión, los objetivos etc. Lo que se busca es generar el diálogo al interior de la organización de manera que todos sus actores, por encima de esa parafernalia discursiva contenida en visiones y misiones, objetivos y estrategias -muchas veces mal redactados, y por supuesto, mal comunicado o no comunicados-, tengan claro para dónde van y qué deben hacer para llegar a la meta. Es aquí donde se generan las tensiones entre lo que se define como organización sobre el papel, y sobre lo que realmente es en la práctica cotidiana. Es en esto último donde reside el verdadero sentido de la organización, en lo que hacemos día a día, y es allí donde se descubre la verdadera cultura. El reto es conciliar los intereses de la organización, con los intereses de quienes la habitan. En este encuentro, nace la cultura organizacional.
Un nuevo lugar para la comunicación
La comunicación es el sistema nervioso de las organizaciones (Varona, 1999), es la fuerza que permite conectar sus puntos neuronales en una red de sentidos compartidos, de manera que convierta esa fuerza en energía motora para alcanzar el logro de sus objetivos y metas. Para construir confianza y seguridad, para despertar y promover liderazgos, para articular toda la dinámica organizacional hacia el alto rendimiento (Boyett, 1999), entendido este último como la posibilidad de abrir espacios al conocimiento, a la innovación, a la participación y el aprendizaje, a la flexibilidad y a la gestión por equipos con actores facultados y conscientes de su papel en la organización.
Esta realidad implica que la comunicación necesariamente sea ubicada en un lugar privilegiado, en la cumbre de la estructura organizativa, sirviendo como herramienta estratégica para la gestión desde sus diferentes ángulos, como soporte para la armonización y optimización de procesos sociales y de procesos organizacionales orientados a resultados visibles y medibles. En este orden, la comunicación debe trascender de la visión mcluhaniana, mediocentrista, a la posibilidad de ser articuladora de dinámicas sociales entre las personas que hacen parte de las organizaciones, para facilitar la apropiación de sus principios, sus objetivos y su visión acerca de cómo se hacen las cosas. Es decir, el enfoque de la comunicación organizacional debe girar en torno a las personas como actores protagonistas que permiten el logro de los resultados, permitiendo que estos puedan adaptar sus intereses personales a los intereses de la organización, promoviendo el equilibrio entre las expectativas particulares y las de la organización, en busca de resultados que arrojen beneficios colectivos.
El sentido humano es la clave de todo, y debe ser el centro del discurso organizacional, que si bien responde a unos intereses muy específicos en cuanto a cifras y resultados, alcanzarlos sin la gente sería imposible. Por tanto, es necesario transcender desde la mirada mecanicista de la organización, a una mirada de la organización como sistema social, donde la comunicación juegue un papel central en su construcción, reproducción y sostenibilidad en el tiempo, sustentada en los objetivos estratégicos y la condición humana como posibilidad de alcanzarlos_.